17/2/19

Repito amor (poema)

Si no sintiera nada
nada temería
si no quisiera nada
nada podría hacerme daño
si no amase nada
nada me apresaría
no tendría miedo
nada me heriría
libre yo seria
pero siento
y tengo miedo
y sufro daño
y estoy preso
es el amor
lo que quiero
y no repetiría
es el amor
y repetiría
y repetiría

6/1/19

El perro del Imperio


- Has demostrado ser un incompetente y un completo inepto.

La cara descubierta de Vanziol reflejaba tal asombro y estupefacción que el supervisor siguió hablándole con la condescendencia de alguien que se dirige a un niño de tres años.

- No has acabado con el objetivo. No le has dado una lección a los mojados y esto es lo mas importante, no has recuperado lo que es nuestro.

Vanziol intento hablar pero el supervisor lo corto en seco con gran furia.

- ¡No te atrevas a levantar una palabra! ¡No me insultes con excusas imbéciles! ¡Los hechos hablan por si solos! ¡Nosotros no hablamos, actuamos! Yo me pregunto a todo esto … - La parte de la cara visible del supervisor había enrojecido,  las venas de su cuello destacaban como maromas de barco,  sus escupitajos al hablar cubrieron el rostro y el yelmo de Vanziol.- ¿¡Porque infiernos nefabundos tengo que estar hablando contigo de estas mierdas!?

Vanziol deseaba que la tierra se lo tragase, intento permanecer lo mas neutro, anónimo e invisible que pudo. El supervisor se sereno y mas tranquilo siguió hablándole.

- Viniste recomendado, avalado por el gobernador, ya he hablado contigo todo lo que tenia que hablar. Nunca mas volverás a escuchar una palabra mía, como yo no espero escuchar una palabra tuya. A partir de ahora entre nosotros solo hablaran los hechos. ¿Lo has entendido?

Horas después Vanziol volvía a estar en el camino que había dejado esa misma tarde. Llegaría al poblado cuando cayera la noche. La rabia le podía mas que el miedo. Debería de estar en los previos al banquete, coincidiendo con Azalina frente a las acogedoras lumbres. En lugar de ello estaba congelandose de frio de vuelta al cenagal.

Una vez en el asentamiento  Vanziol contuvo el impulso de golpear los postes de las casa y patear sus puertas. Nadie se cruzo en su camino, estaban todos recogidos en las chozas cenando las miserias que podían arrancar de esa zona venenosa.

El mojado que el buscaba, al que previamente habia perdonado la vida, estaba justo donde pensaba que estaria, En uno de esos edificios que usaban para untarse con agua. Baños publicos, valiente tonteria.¿Para que demonios se habian inventado los perfumes? llego frente a el, todos los demas huyeron a refugiarse de la ira que emanaba  su cuerpo. Vanziol temblaba espada en ristre frente al mojado al que tenia que haber dado muerte. Debia enmendar su error, Sacarlo de alli a punta de acero, a la entrada del pueblo, al tocon. Una vez alli ensartarlo y descabezarlo. Su cuerpo incompleto quedaria como advertencia y su cabeza cortada seria el regalo sin palabras que esperaba el supervisor. Quizas aun pudiese coincidir con Azalina en la cena que en el dia de hoy seria especialmente larga.

Pero no podia hacer nada de eso. El mojado, de nombre Mirrin, le miraba fijamente. De alguna manera no parecia una criatura que mereciese morir. Mirrin era un semejante suyo, a pesar de estar limpio, de tener una piel diferente, de tener esos extraños dientes. Vanziol lo sentia como su hermano. Lo sentia como si fuera la mismisima Azalina.

Nunca antes un perro del Imperio habia hablado a alguien que no perteneciese a el. Sin embargo en aquella festividad de Invierno Vanziol hablo y lo hizo mucho, Mirrin fue el primero de muchos que no solo no mato, si no que se ocupo de poner a salvo. Aquella noche Vanziol se convirtio en traidor del Imperio y heroe de los desfavorecidos.



9/12/18

Hachas a la luz de la luna





La luna llena iluminaba con más intensidad que si fuese mediodía en unos colores que resultaban no ser tales.

- Te has quedado embobalicada hermana.- Dijo Nekane apoyando su callosa mano en el hombro de su amiga.

- Es que el paisaje es muy bonito.- Dijo Izar.

- Es la tierra, nada mas.- Dijo Nekane.

- Hermanas.- Eguzkine llego junto a ellas jadeando. Intentaba mantener bajo el volumen de su voz, pero su excitación la traicionaba.- Lo he encontrado, el Tartalo esta durmiendo a pierna suelta debajo de un roble retorcido.

-¿Lo has visto y no le has abierto la cabeza?- Pregunto Izar.

- Bien que me hubiese gustado, y que me partan los rayos si no he tenido que hacer un esfuerzo por contenerme. Pero deberías de saber que tipo de mal bicho estamos persiguiendo.- Dijo Eguzkine.

- Debemos de atacarle las tres juntas. Nuestro golpe ha de ser conjunto o estaremos destinadas al fracaso.- Intervino Nekane.

Se miraron fijamente entre ellas, los ojos de las tres brillaban a la luz lunar como si unas llamas blancas ardieran en ellos. En sus caras se mezclaban la determinación y el cansancio. Durante tres días con sus tres noches habían estado buscando por las tierras.

- La fuerza de ese monstruo es algo que no debemos menoscabar, hermanas mías.- Nekane suspiro.- Aun se tendrá que ver que aunque le demos muerte podamos contarlo todas nosotras.

- Aunque me vaya la vida: darle muerte al monstruo he.- Dijo con determinación Eguzkine blandiendo con fuerza su hacha.

- Aunque me vaya la vida: darle muerte al monstruo he.- Repitió Nekane haciendo lo mismo que su amiga.

- Matemos a ese mal bicho hermanas.- Dijo Izar agarrando con fuerza su propia hacha. Los filos de las tres destellearon en blanco durante un momento.

En silencio se internaron por las trochas siguiendo a Eguzkine.

- Lo encontré por el olor.- Susurro esta a sus compañeras. Al hacerlo percibieron el olor dulzón de la carne asada. Las tres apretaron los dientes conteniendo la rabia.

Llegaron al campamento del Tartalo. De su hoguera aun se podrían avivar las brasas. Del árbol cercano colgaban trozos de la ultima niña que el Tartalo raptó del pueblo.

- ¡No esta aquí hermanas!- Advirtió Eguzkine al ver la raída manta vacía.

-¿Me buscabais furcias? – El Tartalo apareció entre ellas clavando su enorme cuchillo en el vientre de Eguzkine. Su horrible mueca de sadismo se mudo en sorpresa cuando la muchacha se aferro con fuerza a su brazo para que no pudiese usar el arma contra sus compañeras. El Tartalo retorcía su cuchillo pero Eguzkine no aflojaba su presa.

Nekane le ataco, pero con un solo movimiento de su brazo libre el Tartalo desvió el golpe y la cogió del cuello. Nekane también soltó su hacha para usar sus dos manos y todas sus fuerzas para evitar que aquella garra le aplastase la tráquea.

Izar aprovecho para golpearle en la cabeza como nunca antes había golpeado. El sombrero del Tartalo salió volando y el hacha de Izar se incrusto en el cráneo hasta que uno de los ojos se convirtió en un huevo aplastado. El ojo sano se clavo en ella con un odio demencial. Los dientes del monstruo rechinaban intentando morderla. Sin embargo sus amigas, aun heridas de muerte, no dejaban que el monstruo pudiera moverse.

Una tenia las tripas en el suelo, la otra tenia el cuello roto y desgarrado pero para sorpresa del Tartalo seguían agarrándole con una fuerza extraordinaria. Izar desclavo el hacha y golpeo de nuevo. Y golpeo otra vez, y otra, y otra. Nunca ningún leño le llevo tantos golpes de cortar. Estuvo golpeando durante toda la noche o la suma de todas ellas. Golpeo por todas las almas perdidas y devoradas por el monstruo. Golpeo por sus moribundas compañeras.

El Tartalo mientras le quedo un trozo de boca no paro de blasfemar en lenguas extranjeras. De llamarlas vacas y furcias, de maldecirlas a ellas, a sus ascendencias y a sus descendencias.

Tras una eternidad de golpes de hacha la cabeza del Tartalo había desaparecido repartida en pedazos por todo el alrededor. Su tráquea silbo con violentos borbotones de sangre antes de que flaqueasen sus piernas y cayera, por fin, inerte al suelo.

Los ojos de Eguzkine y Nekane brillaron una ultima vez a la luz de la luna con orgullo para con su hermana Izar antes de que se velasen para siempre.




18/8/18

FUEGUITA - Capitulo 1



1

Los brazos le colgaban por fuera del alfeizar de la ventana. Media cara se le había dormido al contacto con la piedra. Con los ojos entrecerrados contemplo el anaranjado sol descendiendo entre las montañas. Nunca antes un atardecer le había parecido tan largo, nunca antes había estado esperando a que llegase la noche para poder escapar.

Sus ojos se cerraron del todo y su boca se curvo en una sonrisa: era la princesa cautiva en la torre de marfil. Adela intento dejar  volar su imaginación con esa idea pero era muy consciente de que estaba en un viejo almacén de piedra acondicionado para vivir. Era la única en la familia con un cuarto para ella sola. Su abarrotada habitación tenia dos ventanas, la ventana a su espalda, la que daba al norte, estaba a cinco pasos de la casa de sus padres. Por la del sur, donde languidecía asomada, la altura parecía mayor ya que el bancal de la carnicería pasaba justo por debajo. La planta baja era un salón con cocina donde se reunía la familia para comer y cenar. Su tío Triskelión se había instalado allí un par de estaciones atrás. Al anciano se le hacía insoportable las humedades de su casa cueva. Sin embargo ni ella ni sus hermanos habían notado nada de eso en las ocasiones que habían ido a recoger algo a la casa del anciano.

 Casi todos los libros del anciano estaban en el almacén, ya fuera en la planta de abajo o en el cuarto de Adela. Los había leído todos varias veces. Los únicos que le faltaban por leer eran unos manuales de diplomacia que le había prestado su maestra, la Señorita Muna. Durante la tarde pensó repetidas veces en sumergirse en su lectura para aligerar el paso del tiempo, pero su estado de nervios y excitación era tal que solo podía permanecer asomada a la ventana haciendo fuerza para que el sol se pusiera lo más pronto posible. Era consciente de que con esa aptitud lo único que conseguía era que el tiempo transcurriese aun más despacio.

No estaba prisionera, podría bajar por la escalera y salir a los caminos. Pero invariablemente Triskelión iría con ella. Los últimos motivos para ello: incursores vanzios que merodeaban por los alrededores. Antes de eso bandas de caraperros que operaban por el rio, con anterioridad una plaga de avispas gigantes muy venenosas, y así una excusa tras otra para impedir que pudiese estar sola en ningún momento. Adela no podía entender por qué tanta vigilancia con ella, ninguna de sus amigas era virgen ya. Cualquier joven de su edad, incluso más pequeños, una vez cumplían con sus obligaciones en la escuela o en la casa eran libres de salir a cazar, pescar o simplemente jugar. Sus amigas hacían mucho de eso con sus novios en diversos rincones del bosque. Cada vez era más remarcada la sensación de que se estaba perdiendo algo importante.

Una sonrisa asomo a su cara cuando volvió la cabeza por encima de su hombro para contemplar la talla que le había regalado su novio Brandan. Sus padres se escandalizarían si supieran que ella lo consideraba así. Su novio, un novio con el que se había besado a escondidas en los breves intervalos que podían quedar a solas. Un novio que le traía dulces caseros. Libros de poesía ligera cuya lectura les divertía horrores. Tallas de madera que hacia el muchacho cuando salía a pastorear. La mejor de ellas la tenia colgada encima del cabecero de su cama: una escultura de la diosa Inue, la Señora de las Espadas. Se sentía orgullosa del talento que demostraba su amado en el bien elaborado tallado que había realizado. La figura estaba muy trabajada: las espadas gemelas, la sobrecargada armadura que cubría la mitad del cuerpo de la diosa, la otra mitad desnuda cuyo rostro se asemejaba al de la propia Adela. Un detalle con el que había pretendido adularla y con el que lo había conseguido. Cuando  todos estuviesen dormidos se escaparían, no para siempre, solo durante esa noche. Al pensar en todo lo que tenían planeado hacer juntos hasta que amaneciera Adela sentía inflamarse sus mejillas de rubor.

Los rojos y naranjas en las montañas y el cielo se habían transformado en morados y grises. El sol se había escondido al fin y pronto los restos de su fulgor desaparecerían del todo para dar paso a las anheladas estrellas. Podía escuchar como en la planta de abajo discutían Triskelión y su hermano pequeño Ras. El pequeñajo no quería irse a dormir, era de esperar que estuviese tan inquieto a pesar de que ya era su hora para acostarse, Adela lo había atiborrado a dulces durante toda la tarde. Era parte de su plan que el pequeño agotase al anciano Triskelión para tener la oportunidad de poder escapar a su continua vigilancia.

Sus padres y sus hermanos estaban en el otro edificio, ellos no presentarían ningún problema para su escapada. Pronto se acostarían a dormir, la luz del sol era la que marcaba sus horas de sueño. Adela se había despedido de ellos por la tarde, después de su concienzudo baño, anunciando a todos lo cansada que se encontraba y las ganas que tenia de dormir.

-¡Adela! Voy a subir.- Triskelión desde abajo anunciaba sus intenciones. Siempre lo hacía, el anciano mostraba mucho respeto hacia ella, pero no por ello era más leve su vigilancia. Tenía que cerciorarse de que ella estaba allí ¡Como si pudiera salir volando por la ventana! No obstante en el meticuloso de Adela plan algo parecido a eso estaba pensado.

La joven abandono su puesto en la ventana y se metió en la cama sin hacer ningún ruido. Fingió estar profundamente dormida cerrando los ojos y exagerando su respiración. Oyó como Triskelión llegaba al umbral de su cuarto, el olor a tabaco se mezclo con el de las flores frescas que tenia repartidas entre los libros. Podía notar como los claros ojos del anciano la contemplaban, por un momento Adela creyó que Triskelión descubriría su engaño. Entonces escucho al anciano bostezar y farfullar unas buenas noches antes de volverse y bajar las escaleras arrastrando los pies. Adela se mantuvo en la misma posición un buen rato, hasta que el silencio se hubiera enseñoreado de todo de no ser por el continuo chirriar de los grillos. El sueño real vino a ella pero solo tuvo que recordar la cita con Brandan para que los ojos se le abriesen como platos.

Con el máximo sigilo abandono su cama y agachada, casi reptando, se asomo muy despacio por las escaleras que daban al piso de abajo. Con la cabeza en los primeros escalones de arriba y atisbando entre las barras de la barandilla pudo ver a Triskelión y a su hermano pequeño Ras durmiendo a pierna suelta en el sillón grande. Los ronquidos de los dos eclipsaban el chirrido de los grillos. El agotamiento había podido con ellos y se habían quedado fuera de combate. Arrastrándose hacia atrás Adela volvió al interior de su cuarto. No podía salir del edificio bajando al primer piso, la sala, y usando la puerta de la calle. El anciano se despertaría, su nivel de alerta era muy alto, quizás lo normal en un veterano de guerra como él. Adela contaba con ello, por eso previamente, antes de ir a bañarse había puesto la escalera del establo cerca de la ventana. Se puso su único vestido y colgó las sandalias buenas de sus hombros.

Volvió a asomarse a la ventana, se cercioro de que no había nadie mirando. Al igual que sus padres los habitantes de la Vaguada se regían por el horario de la luz del sol, de esa manera no pudo ver a nadie por las veredas. Asomo todo su cuerpo poniéndose en peligro, se sujeto con las piernas al quicio de la ventana para no caerse. Estirando sus brazos al máximo alcanzo la escalera acercándola para poder bajar por ella. Resultaba mucho más pesada y complicada de manejar desde la incómoda postura en que se encontraba de lo que había previsto. Afianzar la escalera le costó varios intentos de levantar y arrastrar que le dieron la sensación de hacer un escándalo considerable. Varias veces se volvió esperando encontrar la figura del anciano mirándola severamente desde el umbral. No fue así, de hecho si aguzaba el oído podía escucharlo roncar.

Sudaba, jadeaba y el pecho le dolía aun antes de poner un pie descalzo en el travesaño de la  escalera. Su cara tensa fue cruzada por una nerviosa y eufórica sonrisa. Le parecía una locura todo el plan que tan perfecto le había parecido hasta unos minutos antes. La escalera estaba demasiada pegada a su pequeña torre, caería hacia atrás y a la altura de los dos pisos había que sumarle la profundidad del bancal de abajo. Moriría virgen a diez pasos de su casa. No permitiría que eso ocurriese. Sin soltarse del alfeizar hasta el último momento bajo con los pies todo lo que pudo, los travesaños crujían estruendosamente. Triskelión la esperaría abajo con aquella cara que ponía que significaba “¿Qué demonios haces muchacha?” Con una lentitud desesperante y el extremo cuidado de no mover más de una extremidad a la vez, pie, pie, mano, mano, pie, pie, mano … El contacto con el suelo la sorprendió. Desde abajo no parecía tan alto, en realidad no era mucha la altura. El corazón le latía como un tambor y su sonrisa se ensancho más aun.

Estaba sola, era libre, la noche era suya y Brandan la esperaba. La luna refulgía como un centenar de teas iluminando los campos con aloes, tomillos y jazmines. Respiro profundamente aspirando los olores como si fuera la primera vez que los percibía. No podía decir que era lo mas maravilloso que había olido en su vida porque también se juntaban los efluvios que venían  de la carnicería y el de las boñigas de los caballos, sin embargo se sentía mareada por la emoción. Evitando los caminos sentía como los matojos crepitaban deliciosamente bajo sus pequeños pies. Era consciente de que las sandalias rebotaban en su hombro pero era incapaz de detenerse para ponérselas. Su vestido conservaba la frescura y la suavidad de la ultima lavada. Debajo de él no llevaba nada. Había estado dos horas en la bañera,  su hermano Ras le había estado llevando uno tras otro cubo de agua hirviendo a cambio de los bollos de azúcar. Después había estado untándose de aceites en todo el cuerpo hasta dejar toda su piel suave y perfumada, como la de una sacerdotisa. Y así se sentía, dispuesta a ofrendar su virginidad a su amado.

Brandan la estaría esperando en el mirador, estaría tan excitado como ella. Si le preguntase lo negaría, pero su cara le daría a entender todo lo contrario. Podía leer las expresiones del muchacho mucho más fácilmente que algunos de los libros que habían caído en sus manos. Otra de las cosas que hacían que lo adorase: a sus ojos el chico era más claro y cristalino que la nieve en invierno.

El mirador solo se usaba los sábados y los domingos que hiciera buen tiempo por los músicos aficionados organizándose así los bailes que muchos habitantes esperaban con deleite durante toda la semana.  El resto del tiempo era un lugar de reunión para los más jóvenes de la Vaguada. Entre las tareas se acercaban unos y otros para compartir los chismorreos, historias y rumores propias de sus tempranas edades. Aquella noche estarían solos Brandan y ella y pretendían hacer algo que daría mucho de qué hablar entre los suyos si así lo quisieran.

Al llegar el corazón le dio un vuelco. Adela no vio a nadie en la estructura de madera. Subió los tres escalones y atisbo en la plataforma interior. Brandan no había llegado, y él no tenía ni la mitad de dificultades para salir de su casa que todas las que tenia ella. Apoyándose en la barandilla aguzo el oído en la noche en calma. Solo podía oír sus propios jadeos y los sonidos de las alimañas nocturnas. En su cara había desaparecido la sonrisa y el ceño se le fue frunciendo de manera peligrosa. Peligrosa para Brandan. Antes de poder enfadarse escucho unos pies incapaces de andar en silencio acercándose a sus espaldas. Antes de poder volverse con la sonrisa recuperada fue agarrada  por detrás. Ahogo un grito involuntario y no supo que reconoció antes de él: sus manos firmes apretando su cuerpo, la boca besándole el cuello o el olor del muchacho. Apretado contra ella notaba la erección de Brandan a través de sus pantalones contra su fino vestido. El muchacho estaba tan excitado como ella, los dos jadeaban como perros en celo. Sus bocas se buscaron para besarse con ansia. Sus cuerpos se dejaron caer al suelo de tablas del mirador.

- No lo rompas.- Atino a decir Adela refiriéndose a su vestido.

Brandan dejo de tratar de desnudarla y se puso a forcejear con su propio pantalón. Ella se quito el vestido arrojándolo a un lado. Quedo desnuda y sus pechos brillaron a la luz de la luna. El chico tras un instante de fascinación se abalanzo sobre ella. Ella lo abrazo con fuerza, lo deseaba con una intensidad que la sorprendía. Brandan arremetía ansiosamente pero no parecía atinar resbalándose entre sus piernas “¡Luna! ¿Tan mojada estoy?” Con un largo suspiro calmo sus respiraciones agitadas. Con suavidad cogió el palpitante pene y lo guio hacia su interior. Él busco su mirada aprobatoria, ella le sonrió asintiendo, había esperado mucho por ese momento.

Una lechuza salió volando desde un ciprés cercano. Al penetrarla sintió como si su cuerpo explotara en un éxtasis de sensaciones. No podía habérselo imaginado de ninguna manera. Pero no era solo la sobrexcitación. Era el calor. El calor abrasador. El repentino olor a carne asada le alarmo sobremanera. Brandan estaba gritando de dolor y repentinamente se aparto de ella.

El muchacho estaba envuelto en llamas. Su grito ensordecedor era de pura agonía. Decenas de pájaros cercanos asustados imitaron a la lechuza huyendo al cielo nocturno. Los pilares del mirador estaban ardiendo, las plantas enredadas en ellos crepitaban antes de caer para desintegrarse al rozar el suelo de tablas ennegrecidas. Estaban en el centro de un intenso fuego. Adela se incorporo y  al extender sus brazos hacia él las llamas cobraron una mayor intensidad. Ella era el foco del fuego. Estaba sumergida en él, sin embargo no se quemaba. Solo sentía un leve calor y frente a ella la sangre hervía en la garganta de su novio ahogando su alarido agónico. El fuego era tan violento que se mantuvo en pie mientras su piel se ulceraba y reventaba y se vaporizaba. El chico con quien quería casarse se convirtió en un esqueleto carbonizado con los ojos derretidos. Sintió horror de sí misma al notarse salivando ante el olor dulzón a carne asada y corrió hacia el rio. Gritando pidiendo socorro. En cada una de sus zancadas dejaba un llama que se extendía devorando todo lo inflamable con que se encontraba.

Fue a la orilla donde estaba la barquita de Sam. Dentro había un caldero. Con solo cogerlo la embarcación se prendió en llamas. Al acercarse al agua esta empezó a hervir y soltar vapor. El cubo de latón se deformo y se derritió entre sus manos. Adela desesperada continuo gritando.  Brandan había muerto. Ella lo había matado. Ella era fuego pero no se quemaba. Notaba las llamas a su alrededor. Quemaba todo. Calcinaba la tierra. La arcilla de la orilla se endurecía como los cantaros en un horno. Lloraba gritando apretando los brazos contra si misma, sin saber cómo parar lo que estaba pasando. Lloraba lagrimas de fuego. ¿Qué podía hacer? Refreno el impulso de volver a casa, los quemaría a todos. ¿Por qué el fuego? La desesperación la embargaba de una manera casi física. Y aun así experimento cosas que no había sentido nunca. Ella era fuego y el fuego estaba en todas las partes. Los seres vivos eran llamas, grandes o pequeñas. Sin necesidad de usar sus ojos (de fuego) sintió una multitud que la rodeo manteniendo una distancia de tres cuerpos.  Sin verlos percibió que estaban casi todos los habitantes de la Vaguada. Sus padres, Sarisa, Tolmen, los Blure al completo. Zincon le apuntaba con su amenazadora ballesta de cazador. Trolein por su parte apretaba los dientes mientras empuñaba su guadaña de guerra.  Los demás llevaban cubos. Nadie se acercaba. Sentía sus miedos, ella era un monstruo.

-Adela.- Triskelión, sudando, se aproximaba despacio hacia ella.

Con el brillo de las llamas las arrugas en la cara del anciano eran más profundas que nunca. Su mano adelantada la ofrecía en un gesto de ayuda, con la otra se volvió hacia todos los demás y les hizo un violento gesto de silencio. Todos estaban hablando y gritando a la vez. Adela solo fue consciente del insoportable griterío cuando se callaron ante la imperiosa señal del anciano. El silencio solo se vio perturbado por el crepitar del mirador en llamas. “La tumba de Brandan” Adela volvió a llorar, con rabia. La voz del viejo le fue llegando a través de sus sollozos.

- Adela. Cálmate. No es culpa tuya.

-¿Cómo que no es culpa suya?- Bramo Zincon. – Brandan es un cadáver calcinado, Sarisa dice que su hermano había..

-¡Cállate!-  La voz del viejo adquirió un tono que no admitía discusión. El cazador callo, tan asustado como los demás. El anciano veterano se mostró como el terrorífico hechicero de combate que había sido. Tras una profunda respiración Triskelion volvió a ser una amable anciano y se encaro hacia la criatura de fuego que ahora era Adela. – Cálmate niña. Respira despacio, no pienses en nada más que en respirar. Cada vez mas despacio.

-Pero .. yo ... Brandan.  - Adela balbuceaba contemplándose las manos compuestas de llamas entrecruzadas entre si. ¿Cómo podía ser eso?

Triskelión siguió calmándola con palabras amables. Era tranquilizador para ella escuchar su cascada y familiar voz. El anciano, a pesar del intenso calor que ella desprendía, se le iba acercando. Insistiendo en la respiración, en que se calmase, que descansase, que durmiese. La idea de dormir en ese momento la encontró absurda y a la vez deseada. El murmullo de las palabras del anciano dejo de tener sentido para ella pero parecían disipar su horrible angustia.  Fue entonces cuando perdió la conciencia.

Al despertar Adela lo primero que se formo en su mente fue el deseo de que todo hubiera sido un sueño. Pero no estaba en su cama. Estaba en la casa cueva de Triskelión, olía a polvo y libros viejos y no había ningún tipo de humedad. Al lado de la litera donde se había incorporado, sobre un taburete, había pan y una gran jarra de agua. El remedio universal del viejo para curar todos los males. Cogió la jarra y bebió, se le hizo un nudo en la garganta. Pensó en Brandan y la angustia la convulsiono. Ella lo había convertido en un esqueleto quemado. Noto el calor creciente a su alrededor. “No otra vez no.” Las llamas volvían a recorrer su piel. La jarra se hizo añicos al caer al suelo. ¿Estaba destinada a destruir todo lo que le rodeaba? ¿Por qué? ¿Era un monstruo? Con su nerviosismo aumentaba la intensidad de sus llamas. No quería quemar la litera. Ni los libros repartidos por la estancia. Ni siquiera las estúpidas tramas de mimbre que habían colgadas en las paredes. Tragándose el nudo de la garganta respiro fuerte e intento calmarse. La calma le permitió centrar su atención de nuevo en sus manos. Fascinada advertía como ella no se quemaba, sin embargo su fuego era mas potente que el que podría generar una antorcha. Solo tenía que agarrar un travesaño de la cama para resecarlo, carbonizarlo y hacerlo ceniza. La litera se le vino encima. Con un golpe de rabia su fuego se intensifico de igual manera. La estructura de madera golpeada por las altas temperaturas se deshizo. Adela no sufrió ningún daño. Al comprender lo que representaba su furia la avivo conscientemente. Su fuego se incremento de la misma manera. En un instante la casa cueva se había convertido en el interior de un horno recocido. Solo quedaban unas finas cenizas de todo lo que había albergado en su interior. Adela se sintió mal. Escucho a alguien tosiendo arriba. Cuando se despejo el humo distinguió la silueta de Triskelión recortada en el umbral.

-¿Comprendes que lo puedes controlar?- Dijo Triskelión.

-¿¡Cómo!?- Y con su exclamación una lengua de fuego salió despedida acompasando su ademan hacia el viejo que apenas logro esquivarla dando un paso hacia atrás.

-¡Tranquilízate muchacha! Puedes controlarlo. Controla tus emociones.- El anciano desviaba su mirada de ella desde fuera del umbral de la casa.

-¿¡Como quieres que me controle!?¡Ni siquiera eres capaz de mirarme a la cara!

- Adela, niña: estas completamente desnuda. Ante todo mucha calma, tranquilízate, cálmate por favor. Cuando lo hayas hecho sal afuera, estaré esperándote. Aquí mismo te dejo una capa para que te cubras. No la quemes- El anciano arrojo un hato hacia ella.

 Adela constato su desnudez. Su carne se había vuelto roja. O quizás eran rojas las llamas que la envolvían. Intento apagarlas calmándose pero sus pensamientos volvían una y otra vez a los hechos recientes. La imagen del cadáver de Brandan en su cabeza era como un puñal en su corazón. La ansiedad la dominaba y le faltaba el aire. Las llamas que salían de su cuerpo ascendían. El techo de la sala se ennegrecía por momentos, las paredes se agrietaban, la temperatura se volvía cada vez más intensa. Aquello era una pesadilla, pero no estaba soñando. Se concentro solo en respirar y así, de alguna manera, logro controlarlo. Muy despacio subió los escalones tallados que conducían a la salida y recogió la ropa que le había dejado el viejo. Se cubrió con ella, siguio respirando fuerte y salió al exterior.

7/1/18

Festival de Invierno

La ventisca teñía de blanco las pieles, correajes, vainas y capas de las dos figuras en la parte de atrás de la taberna. Las hojas de sus armas estaban tan afiladas que la nieve no podía posarse en ellas.

-Hija de una hembra de chacal. Disponte a morir.- Dijo la mas grande de ellas, una Hacha de poderosos brazos cubiertos por tatuajes de serpientes marinas.

-Mas te vale estar a bien con tu dioses porque pronto te vas a reunir con ellos. - Contesto la que llevaba un enorme sombrero esgrimiendo dos dagas largas de plata.

Sus halitos formaban nubes alrededor de sus bocas y el fuego en sus ojos las hacia inmunes al frio reinante.

La puerta se abrió de atrás inundando el callejón del jolgorio que reinaba en el local. Los parroquianos brindando, los cantos del bardo, los borrachos coreando. Uno de estos últimos paso entre ellas para vomitar entre los vacios barriles. Las duelistas lo fueron alternando sus fieras miradas entre ellas y el recién llegado. Este estaba tan bebido que cuando se recupero fue incapaz de detectar la tensión que habia entre las dos.

-Saludos señoras.- Balbuceo con voz ebria. - ¡Feliz festival del invierno! ¡Ojala tuviese el encanto del bardo para cortejar a unas hermosas damas como vosotras! Ese juglar no pierde viaje: afortunado él que va a gozar de los encantos de la hija del mercader.

Al oír el comentario las dos luchadoras envainaron sus armas sellando una tregua con solo intercambiar una refleja mirada de comprensión y determinación. Aquel borracho había mencionado al hombre por el que habían estado a punto de batirse a muerte. Como si fueran una sola entraron como una tromba al local.

En menos de cien respiraciones ellas dos, acompañadas de la hija del mercader, cantaban canciones con los clientes de la taberna ante el fuego del hogar bebiendo y festejando con los demás. El bardo ya no estaba en el escenario, una de ellas lo había arrastrado a los bastidores, la otra le pego un golpe en la cabeza tan fuerte que quedo en la inconsciencia. Metido en uno de esos barriles del callejón tendría suerte si no acababa muerto por congelación.

27/8/17

El gato no esta triste ni azul

Lo que más me gusta del verano es estirarme sobre el suelo fresco y recibir los rayos oblicuos del sol a través de la ventana entornada. Alargo mis patas y estiro mi cola, los grandes piensan que sonrío. No es así, un gato no sonríe, la forma de mi boca puede parecerle eso a los grandes, pero como en tantas otras cosas se equivocan del todo.

Los grandes en mi casa debaten en voz alta cada dos por tres y yo tengo que hacer gala de una gran paciencia para soportarlos. El piso donde vivo no es muy grande y aunque me esconda en los más recónditos recovecos, ya sea en los huecos del sofá o bajo la cama en la habitación del fondo, mis excelentes orejas me permiten escucharles aunque no sea mi deseo. Los gritos entre la hembra y el macho grandes a veces hacen referencia a mis apreciados excrementos. ¿Acaso no saben, ignorantes, que el arenero es mi jardín zen particular? La disposición de mis deposiciones obedecen a un patrón de belleza y simetría que nunca llegaran a apreciar. Sin contemplaciones de ningún tipo destruyen mi obra sin fijarse en mis esfuerzos artísticos. Solo oigo injustas quejas del fuerte aroma que desprende y continuas discusiones respecto a quien le toca recoger mis cacas exquisitamente ordenadas por tamaño, forma y olor.

Comprendo que no compartan mis gustos, a fin de cuentas no pueden tener la sensibilidad de un felino. Pero lo que mas me duele es cuando hablan de mi carácter particular  extrapolándolo a todos los gatos en general. ¿Egoísmo? ¿Desapego? ¿Interés? Dichas calificaciones me parecen injustas ¿Acaso me toman por un perro? Que no demuestre mi afecto con cabriolas, ladridos y lametazos no significa que no sienta algo por los grandes de mi casa. Si albergase rencores por las veces que me han pisoteado o han escatimado la comida ya hubiera marcado sus caras peladas con mis lustrosas zarpas, pero nunca tomo en cuenta ninguno de sus agravios.

Con la llegada del calor, aparecieron las cucarachas. La hembra grande les tiene pavor, grita de manera histérica ante su mera visión. Por las noches las persigo y doy cuenta de muchas de ellas. Pero no siempre consigo acabar con todas. Eso, unido a mi costumbre de no dejar rastro alguno de mis presas (confieso que en parte me he acostumbrado a su crujiente sabor), ha llevado a los grandes a buscar un medio alternativo para combatirlas.

De esta manera han distribuido cajitas con veneno por todos los rincones de la casa. Los ignorantes no saben que es un gesto inútil. Las cucarachas que vienen a esta casa son inmunes a esas trampas desde hace varias generaciones insectívoras.

Aquellas cajitas sin embargo pueden ser mortales o potencialmente muy dañinas para el pequeño de la casa. El bebe de los grandes se mete todo lo que encuentra en su babeante boca: la comida de sus padres, mi pienso, tapones, monedas, estuches, zapatos, mi atusada cola. No hay nada que no sea susceptible de ser ingerido por el pequeño monstruo. Conmigo se ensaña especialmente, me tira de las orejas, me estruja el cuerpo, se sienta encima de mí, incluso ha llegado a morderme con sus afilados dientecillos. Por mi parte nunca le hago ni un rasguño ni soltado el mínimo bufido, soporto estoicamente todos sus castigos. Cuando ya no me queda elección emito un agudo maullido para avisar a sus progenitores en el momento en que mi integridad física sufre autentico peligro.

Los padres han caído rendidos en una siesta. El bebe campa a sus anchas y de alguna manera, una de aquellas trampas para cucarachas ha ido a parar a sus manos. Recordé que una vez el macho grande le dijo a su compañera:

- Si este gato midiera tres metros lo primero que haría sería arrancarnos la cabeza de cuajo.

Cuan equivocado esta, que poco saben de mi bondad y magnificencia. El bebe tenia aquel plástico con veneno en sus manos. Si yo hubiera querido que aquella cría de los grandes se envenenase me hubiera con no hacer ningún tipo de acción. Pero ese no es mi carácter. Lejos de lo que puedan parecer mis maneras y expresiones aprecio a esta familia de grandes, considerándome parte de ella. De esta manera como gato de acción que soy tomo cartas en el asunto, si bien no puedo arrebatar al bebe aquella perniciosa trampa para cucarachas si puedo impedir que se lo meta en la boca jugando con él. Así pues a cada gesto del pequeño grande para introducirselo en la boca antepongo alguna de mis patas, mi cuerpo o incluso mi cabeza para evitar el desastre. Aquello llevó finalmente al bebe a jugar conmigo a su tosca manera de apretones, pellizcos y estiramientos. Tan concentrado estaba en impedir la funesta ingesta que no reparé en que el macho grande se había despertado y contemplaba la escena.


A partir de entonces sus quejas respecto a mi han descendido de forma considerable. Tampoco me insulta ya cuando le toca limpiar mi arenero. Comprendo que no me lo agradezca directamente, el muy ignorante piensa que no entiendo sus palabras. Pero soy un gato y no necesito reconocimiento alguno.